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domingo, 6 de julio de 2008

Los ónfalos

No se si os gustará, pero es un relato que hice no hace mucho. La palabra que le da título (ónfalos) significa ombligo en griego y era (según creían) el pedrusco que sustituyó a Zeus en la barriga de su padre. Estaba colocado en Delfos, el punto que consideraban el centro del mundo. Su función, decían, era la de hacer de centro cósmico donde se unían nosequé paranoias del mundo de los vivos y los muertos. Mitologías, ¿son o no son adorables? En fin, espero que lo disfrutéis:

LOS ÓNFALOS

"En este momento, en la Estación del Norte, hay una niña jugando. Aburrida mientras espera a que sus padres terminen algo, gira sobre sí misma mientras sonríe, mientras sonríe y la gente pasa ahogada en su prisa. Gira y gira, y el mundo sigue su curso. Nadie, ni siquiera ella, daría la más mínima importancia a su juego. Todos los que lo hiciesen, los que lo contemplasen como algo sin la más mínima trascendencia, estarían cometiendo un gran error. Si le preguntásemos a esta niña por qué lo hace, suponiendo que le detuviésemos para esto (cosa que podría ser un error), se encogería de hombros: no lo sabe pero lo hace. Gira, gira sobre si misma con los brazos extendidos, y su risa rasga el estruendo de murmullos y maletas.

Ella, inconsciente de su importancia, está sosteniendo el mundo.

No se lo digáis, no le hagáis saber que de su juego depende Todo, que su capricho es la misión más grandiosa que se puede llevar a cabo. Jamás contéis este secreto a los niños: si girasen con una intención, si girasen con razón y sin risas, toda se derrumbaría. Es nuestro secreto, el que de todos modos nadie creería.

Esa niña, con todos los que una u otra vez giran sobre sí mismos ajenos al exterior, es lo que los griegos llamaron “ónfalos”, el Ombligo del Mundo. Son los que lo sustentan todo, el pilar que permite que haya órbitas y gravedades, lo que mantiene en su lugar todas las Leyes descubiertas y por descubrir. Son lo que fue Delfos y su piedra enterrada, la que en tiempos tragó un titán creyendo que era su hijo. Son lo que fue el árbol donde colgó un aesir, como lo fue aquel otro nacido con el único objetivo de dar sombra a una meditación. Son lo que fueron los pedazos de madera donde expiró un buen hombre, son el fuego de las vestales, lo que fueron Jerusalén y la Meca, lo que fue la pequeña urna desconocida en que unos cavernícolas arrojaron sus sueños.

El papel de ónfalos ha cambiado a lo largo de los siglos, ha pasado de objeto en objeto, de acción en acción. Los hombres, de forma inconsciente (o eso prefieren creer los sabios) han estado a punto de destruirlos a menudo. Con cruzadas, con guerras y con talas, han hecho peligrarlo Todo. Antes de la pérdida de ónfalos anteriores, sin embargo, otros actos u objetos han tomado el relevo de forma, quizás, arbitraria. Los intentos de destruirlos suceden aún hoy día, cuando los adultos, irritados, ordenan a un niño que deje de girar y reír. ¿Son conscientes del horror que podrían desencadenar? ¿Saben lo que podría pasar si ningún niño girase y girase sin razón mientras ríe?

Todo se derrumbaría. Se teoriza que no habría ningún ruido, siendo este lo primero en desaparecer. Tampoco importaría: en cuestión de segundos Todo se deshacería de una forma que las palabras no entienden. Sin ruido ni risa ni Verbo que haga la luz, todo se rompería con que durante un solo instante ningún niño sostuviese la Creación. Con ese silencio que a veces precede a grandes ideas, se perderían los mares, las estrellas, las mareas, los nombres y todo lo demás. No habría ni algo ni nada, sino un vórtice de caos y eterno sinsentido.

Pero hoy, ahora, hay una niña en la Estación del Norte que juega a girar sobre sí misma. Es ella, con su risa y su inocencia, disfrutando sin necesidad de razones. Es ella quien sostiene el mundo.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Alzando el vuelo

Hoy, 13 de diciembre, cumplía años una amiga mía, mis queridos lectores. Como amigos original que soy, le hice en conjunto con otras dos personas un regalo bastante personal de fotos con poemas, una caja pintada a mano y... un relato. Aquí os dejo esa obrita, dedicada a mi buena Patricia. El mini-relato "Alzando el vuelo"










ALZANDO EL VUELO

para Patricia


Caminaba entre las manchas de sol y sombra. Caminaba bajo los resquicios de cielo azul entre la cúpula de hojas. Caminaba viva (¡glorioso privilegio!), pisando el pavimento gris estruendo de asfalto. Por una vez, admiraba la belleza de la luz y del cielo y de las ramas ajenas al mundo.

Entonces lo vio: tan claro como un beso de cuento, tan simple como una canción de cuna. Lo vio entre los coches, la basura, el pavimento, el gris, el apagado tono de los rostros que miraban al suelo. Lo vio levantando la vista al cielo, fragmentado por los edificios y las antenas. Vio claro su mensaje: cantado en la fuente y en el trino, latido en el fondo de su pecho, murmurado con cada respiración. ¿Cómo había permanecido tan ciega?

“¡Álzate!”, le gritaron las palomas mientras volaban formando una escalera; “!álzate niña!”, le insistían las olas en el mar de hojas y de luz acariciante con sus voces de viento. En el fondo de su alma supo que era cierto, que todo era tan sencillo como querer: querer saber alzarse y querer hacerlo. “¡Álzate!”, le instaba en un azul infinito el cielo.

Pensó que allí mismo, en el claroscuro bajo uno de los pocos árboles de la ciudad, se detendría a alzarse: abriría los brazos molestando a los transeúntes y gritaría con todas sus fuerzas. “!Ciegos¡”, cantaría desde las alturas como un ángel de carne, volando en el aire limpio, caminando por las paredes espejadas de rascacielos con corazón podrido.

Entonces verían. Verían cuan ciegos habían estado encerrándose en sí mismos, en sus cajas de hormigón, en sus sueños de rayos catódicos. Por toda la ciudad se extenderían los brazos como alas. Y por toda la ciudad se alzarían mil nuevas almas contemplando, sí, contemplando al fin que la belleza estaba pura, libre e indomable, en el mayor de los latidos y el más pequeño de los cielos.

lunes, 24 de septiembre de 2007

Palabras para la vida



El viernes debí cojer frío y me he pasado todo el fin de semana metido en mi casa, sólo y enfermo. Todavía sigo con el cuerpo en rebelión febril y, como os podéis imaginar, ese tipo de cosas no le ponen a uno de buen humor. Os dejo una de las cosas que he escrito y pensado en medio de la enfermedad:






Palabras para la vida


Si tuviese palabras, vida,
para explicarte qué siento...

Tal vez te hablaría con voz ronca
de la piel ardiente y las entrañas frías,
de las rejas a través del cristal
y de las flores que murieron para siempre.

Tal vez te hablaría con ojos lánguidos
de la dama Desespero y su garfio,
de su beso como profundo océano
que queda cuando termina la risa.

Si tuviese palabras, vida,
para explicarte qué pienso...

Tal vez te hablaría con voz ronca
de los recuerdos de alguien que demostró no existir,
de años sacrificados en un altar vacío,
de frases derramadas y lágrimas en cáliz.

Tal vez te hablaría con ojos lánguidos
de "ojalás" que rasgan como alambre de espino,
de "si tan solos" asfixiantes como hiedras,
de símbolos de esperanza erigidos sin fe.

Si tuviese palabras, vida,
para explicarme por entero...

Tal vez tendrías piedad, vida,
y me darías latidos donde ocultarme
del sonido de las noches silenciosas
y aparecería un sentido a mi puerta.

Tal vez tendrías piedad, vida,
y mi borrarías sin ningún ruido,
calmado y leve, como entrando en un sueño,
y me desvanecería en negro sobre negro.

. . .

Pero me temo, vida, que sólo soy un hombre...
Y no tengo ni palabras ni coraje.




viernes, 14 de septiembre de 2007

El sueño de Irene

Buscando en el baúl de los recuerdos... He encontrado uno de los primeros relatos que escribí en plan serio. Por supuesto, tiene fallos a manos llenas (entre otras cosas, repetición de la palabra "bichos" XD). Sin embargo, es una obra interesante para ver la "evolución" de vuestro humilde escritor. Además, es una historia curiosa... O este simple autor lo ve así. Lo dejo para vuestro disfrute:

EL SUEÑO DE IRENE

El fuego…
El fuego se le clavaba en la carne, en el alma.
Con un ominoso chispazo, las llamas se avivaron, lamiéndole el torso.

-¡Bruja! – gritó una voz ronca que se vio coreada por cientos de gritos similares.

El dolor le inundaba cada vez más. Luchaba por mantener la consciencia, por mantenerse erguida ante aquella condena injusta.

“¡Bruja!” el grito se repetía en su mente, quedando como un eco del dolor que ya no sentía. Se iba desvaneciendo cada vez más…

Con un suspiro contenido, Irene abrió los ojos.

El tranquilizador fulgor de su reloj de mesita terminó de desvanecer la desagradable pesadilla. En cuanto se despejó lo suficiente, lo miró y cayó en la cuenta de que casi era la hora de levantarse…

Se estiró un poco y salió de la cama. Se duchó y preparó para un día más de rutina.
Miro de reojo el reloj. Ya iba tarde. Suspiró y, cogiendo su mochila, salió disparada.
En el portal casi atropelló a Luis, que le esperaba con aquella eterna sonrisa de cortesía suya grabada en su blanquecino semblante, fruto de su albinismo. Se miraron un par de segundos. Tras años siendo amigos, se entendían a la perfección e Irene podía leer la prisa en sus ojos descoloridos.

Sin intercambiar más que un leve hola, salieron corriendo hacia el colegio.
Intentaron cruzar la calle, pero no había paso de peatones o semáforo y los coches no cesaban de pasar… uno, dos, tres… ¡ya iban tarde! ¡Necesitaban cruzar! … cuatro, cinco... ¡¿ese coche no habia pasado ya antes?!

Miró a su amigo que tenía el largo pelo blanco revuelto por la carrera y observaba impotente el cruce. Luis suspiró. Tampoco quería llegar tarde. ¿No venía hoy la nueva profesora de informática?

De repente, Luis pareció caer en la cuenta de algo.

-Vamos, por aquí. – le dijo mientras se giraba y salia a la carrera hacia las callejuelas.

Tras un minuto de carrera, Luis se detuvo en un callejón sin salida. Las paredes estaban totalmente pintadas de grafittis de numerosos motivos; árboles, bosques, cielos, mares… y enfrente de ellos, el dibujo de un portalón. Todos ellos estaban maravillosamente pintados, casi se diría que eran reales. Luis acercó su mano al graffiti del portalón y cogió el picaporte. ¿Cómo? ¿No era un simple dibujo en la pared? ¿O era una puerta? Irene estaba paralizada de estupefacción.

-Vamos, vamos… - le insto Luis con una sonrisa. Abrió el portal y, cogiendole de la mano, tiró de ella hacia dentro.

Durante un segundo, Irene dejó de sentir el suelo bajo sus pies, dejó de oler, de ver… solo el contacto de la mano de Luis seguía siendo real. Al segundo siguiente, en menos de lo que tarda un corazón en latir, sintió que sus pies pisaban césped y se sintió deslumbrada por la intensa luz. Miró alrededor. Se encontraba en una especie de jardín de césped en el centro del que se alzaba un sobrio edificio que Irene reconoció como su colegio. Sin darle tiempo a preguntar qué era esto, a preguntar cómo habían llegado allí, Luis salió corriendo hacia el edificio y ella le siguió.

Entraron en un aula con numerosas ventanas y mesas llenas de ordenadores. Todo el mundo estaba sentado ya y una mujer mayor vestida con ropas de múltiples colores hablaba a la clase. Se interrumpió para dejarles pasar y que se sentasen.

- Bueno, para los recién llegados… - comentó mirándoles – nada más que decir que soy la nueva profesora, Doña Carmen… y que empecéis a trabajar con el “Estus Facer”

Irene no le entendió bien. Sonaba a latín…

Luis, tranquilamente, abrió el programa y le miro, esperando que escribiese.
Irene no podía hablar. El latín solo se estudiaba como asignatura optativa, ¿no?

-Desde… ¿desde cuando se habla latín? – pregunto con voz temblorosa.

Luis rió divertido.

-¡Lleva hablándose unos dos mil años, desde que los romanos conquistaron este sitio! – la sonrisa de su amigo se deshizo al contemplar su mirada confusa. – Vamos… ¿no te acuerdas? ¿Rosa, rosae, rosae…?

Irene recordó algo de latín, pero creía que lo habia estudiado como curiosidad…

-Si, si… -comento nada más que para tranquilizarse – es cierto, si…

Irene le empezó a dictar, intentando convencerse a si misma de que lo recordaba, de que sabia que ese era idioma oficial…

Repentinamente, un claro y cristalino sonido rompió su concentración. El sonido también pareció alterar al resto de estudiantes, ya que empezaron a hablar entre si, dejando sus trabajos con la preocupación plasmada en sus rostros.

-¡Tranquilos! – gritó doña Carmen, llamando al orden - ¡relajaos! Es solo una alarma rutinaria… es imposible que esos bichos se acerquen demasiado.

Irene iba a preguntar a que bichos se refería, pero viendo las caras de todos, parecía que lo sabían bien y no quería resaltar de nuevo.

Así pasó el día Irene, sin saber qué hacer, sin saber qué decir, mientras cosas que creía imposibles iban desfilando ante sus ojos. En la clase de historia les hablaron de Cesar y de cómo había rechazado una conspiración de sus amigos gracias a un augur. Según su libro, César logró descubrir el elixir de la vida y aun hoy su consejo era extremadamente valorado. En física, su profesor les habló de las propiedades de absorción de luz del cristal, que permitía usarla mas tarde con algo de concentración… de los ojos de ninfa en química, capaces de hacer a la gente verse más bella. Irene reaccionaba ante aquellas explicaciones cada vez con más confusión, pero intentando no exteriorizarla, no asombrarse ante lo que todos parecían considerar normal. Poco a poco, pareció que su mente “si” recordaba algo de eso, algo aletargado… poco a poco, las conversaciones le sonaban más claras.

Irene se quedó con Luis en la biblioteca haciendo un extraño trabajo de traducción de un texto antiguo, en arameo. Los jóvenes estaban confundidos con una terminación que no se aclaraba.

Con un susurro, una sombra se deslizó desde algún punto del techo hasta los dos estudiantes y lanzó aquellas manos oscuras hacia la garganta de Irene. Un chispazo de luz blanquecina estalló tras de Irene y la sombra se apartó de la joven para enfrentarse al que le habia hecho tanto daño. Irene intentó lanzarle todo lo que tenía a mano. Su lápiz, su estuche… desesperada, sin saber que hacer, solo pensando en salvar a su amigo. Le tiró el antiguo libro que estaban estudiando y se quedó pegado a su espalda. Empezó a salir humo al tiempo que el libro se hundía más y más y el olor de flores secas se extendía por la biblioteca. Al fin, con un chispazo oscuro, la sombra se deshizo y el libro cayó al suelo. Luis, con la faz cerúlea y pinta de estar agotado, miro el libro. Era un tomo antiguo y la portada tenía hermosos grabados en oro.

-Gracias al cielo que nos mandaron traducir ese libraco – comento Luis, con voz débil. – Salgamos de aquí, Irene… no se cómo se han metido esos bichos tan adentro, pero mejor que no nos vuelvan a pillar.

Ambos salieron corriendo hacia el jardín, con las criaturas pisándoles los talones. Luis iba cansado, agotado mientras intentaba seguir el ritmo de su amiga. Su amigo dió un traspiés que le llevó a caerse de bruces. Irene miró hacia atrás. Corriendo, se puso a su lado e intentó ayudarle a levantarse. Sabía que su amigo no iba a poder correr, estaban perdidos… aquellos seres iban a atraparles… la desesperación iba adueñándose de ellos cuando, de repente, un relámpago plateado rugió en la noche y fue a estrellarse contra las sombras. Algo mas adelante, envuelta en una aureola de luz dorada, doña Carmen alzaba los brazos cantando algo inescrutable. Dos cintas de brillante luz se alargaron desde los brazos de la profesora hasta el cúmulo de sombras. Las cintas se ramificaron y atraparon cada una a una sombra. Apretaron cada vez más hasta que las sombras desaparecieron y el olor de flores secas se extendió por el patio.
Doña Carmen se acercó a ellos.

-Malditas criaturas… se habían escapado e intentaron esconderse aquí… - comento con voz cansada. Acto seguido, se giró y se fue a hablar con un grupo de hombres vestidos con un uniforme azul y plateado que habían aparecido. Irene sintió que Luis apoyaba su mano en su hombro.

-Gracias, Irene… - le dijo suavemente – gracias por esperarme. Se acercó a ella para darle un beso en la mejilla, Irene podía sentir su corazón acelerarse, podía sentir la sangre subiendo a su cabeza… y un sonido agudo se introdujo en su mente. El sonido persistió, continuó, alejándole cada vez más de aquel agradable momento.

Un día más, Irene abrió los ojos en su cama… un día de rutina más. Había sido solo un sueño… muy agradable, muy extraño… pero solo un sueño.

Se estiró un poco y salió de la cama. Se duchó y preparó para un día más de rutina.
La cara sonriente y pálida de Luis apareció por la ventana.

-¡Vamos, Irene! ¡Que la escuela esta por encima nuestra! ¡Vamos a llegar tarde!

La chica agarró su mochila y, cogiendo la mano que Luis le tendía, salto al lomo de aquella especie de libélula gigante y escamosa de oro. Luis chasqueo las riendas y la criatura batió rápidamente sus alas mientras se elevaba más y mas, en dirección a una plataforma que flotaba alto, por encima suyo.

Mientras se acurrucaba tras la espalda de su amigo, tanto para protegerse del viento como por gusto, Irene no pudo evitar pensar que la rutina del día a día tampoco era tan aburrida…

lunes, 10 de septiembre de 2007

Preludio: Ojos

Bien, bien... rebuscando entre mis archivos he encontrado el preludio de la que espero que sea mi primera novela. Aún puede considerarse un boceto pero, dado que siempre es bueno alimentar la curiosidad de los lectores, vuestro humilde escritor os lo deja aquí para vuestro disfrute.


PRELUDIO: OJOS

¿Dónde comienzan las historias? ¿Dónde comenzó esta historia?

Doy un tirón intentando deshacerme de los grilletes de mi propia desidia, intentando luchar contra el tiempo y el olvido en busca de una respuesta… Ah, ¡cuán sencillo era romper los enigmas en los viejos tiempos! En aquel entonces, cuando había templos de augures y pitonisas, cuando entre las brumas alucinógenas podía responder, por boca de los hombres, a las dudas sobre su destino. Recuerdo la ágil mente que tenía entonces, la ágil vista. Me recuerdo en mi misma cueva, siempre la misma aún si no siempre en el mismo lugar, sentada y mirando a la negrura con mis ojos ciegos. Las voces que flotaban a mi en busca de consuelo y de respuestas, flotaban a mi con acertijos imposibles sobre su futuro…

Y mi vista volaba. Viajaba hacia el atrás y hacia el ahora, sin dejarse atar por el espacio o el tiempo transcurrido. Volaba buscando causas y efectos, estudiando la cadena e intentando deducir con qué eslabón continuaría. Recuerdo cómo disfrutaba con mi función, lo agradable que resultaba el ejercicio de ir desentrañando esos misterios, desentrañando la verdad del futuro. Entonces podía mandar mis señales como versos extraños, como formas en las vísceras de animales sagrados o el vuelo de las golondrinas… Entonces… Pero comienzo a ponerme sentimental.

Lo peor de los recuerdos es cómo se niegan a dejarme, cómo me impiden concentrarme en el presente. Yo, que antaño desvelaba y deducía el futuro, estoy atrapada ahora en la meditación sobre mi pasado. Cada vez menos creen en los augurios, cada vez me cuesta más mover mi oxidada vista más allá de la ceguera. Supongo que, como debí haber deducido tiempo atrás, estoy muriendo. Poco a poco van desapareciendo mis adivinos, sustituidos por pícaros que no creen en las revelaciones y sólo buscan el beneficio propio de manos de los crédulos. Poco a poco, envejezco en mi cueva, siempre la misma y siempre en distinto lugar.

No debí haberme dejado atrapar hace tanto, pero hay promesas y tradiciones que no puedo dejar de cumplir. Si el vino con una pregunta, yo he de darle una respuesta… Él… Majestuoso y seguro, líder entre líderes. Él, con esa voz capaz de mover montañas o el corazón de los hombres, capaz de amedrentar leones con un gesto de su mano. Él, seguro de ser elegido por cualquier divinidad y de merecer todos los honores... Y también aquel amargado por su propia decadencia, por el inexorable avance del olvido y los cambios. En el fondo, creo que me da pena.

Supongo que debo enfrascarme en la búsqueda de su respuesta, en escudriñar en el agua turbia del pasado. Es una petición inusual, pero así podrá intentar entender las causas. Pobre destronado sin hogar, sin cetro. Pobre…

¿Y por donde comenzar mi búsqueda? ¿Quizás en la Francia del XVIII, con la pobreza, la violencia y la sangre azul, con blancos cuellos cercenados bajo la guillotina? ¿Tal vez debería empezar por la lucha real y la invisible de tantos reyes por mantenerse en el trono? ¿O son los asesinatos de gobernantes escondidos en busca de mayor poder, intentando alzarse vencedor de la carnicería y acabando igualmente viejo y mucho más sólo? Sospecho que el punto álgido son los finales de las grandes Guerras, con un mundo destrozado y tan poca fe restante en el viejo derecho divino. ¿Y hablar de los exiliados y los vacíos y los sustitutos y las novedades? ¿Y hablar de la decisión, del deseo de la muerte gloriosa y la inmolación, de una derrota propia y ajena? ¿Dónde puedo comenzar mi búsqueda?

Tantas preguntas, tan pocas fuerzas para responder. Respiro hondo y deslizo mi visión hacia atrás y hacia delante, meciéndome en ella como si de una cuna se tratase. Rebuscar con unas habilidades oxidadas, deshacerme de las telarañas de mi mente y de los recuerdos que intentan arrastrarme de nuevo al pozo de lo perdido.

Me alzo lentamente, rastreando el pasado. Me alzo de mi asiento y paseo por la pequeña cueva, aún si no soy consciente de mis pasos. ¿Dónde, dónde, dónde? Veo la borrosa Francia y huelo la pólvora y el miedo, y saboreo la sangre de los nobles desde la forma de guillotina, y escucho la ambición palpitando en los pechos de los líderes de aquel tumulto. Oigo los cañonazos, y los pactos y alianzas entre reyes; huelo su miedo. Paseo por los campos de batalla donde se alza triunfante, cubierto de sangre y de poder, ungido por su propia tenacidad. “Dadme más”, grita, “pues yo seré el único que reste”, y su voz es mitad trueno y rugido. Deslizo mi mirada hacia las nacientes esperanzas, las nuevas formas y las ancianas agonizantes. Escucho el amor y el odio, palabras falsas y sinceras, ambición y abnegación entre esa cacofonía de bombas y gritos agónicos por las trincheras de la vieja Europa. Veo el presente. Los jóvenes y los ancianos de la otra cara de lo cierto, los rendidos, los esperanzados, los luchadores… Veo hasta marearme, me sumerjo como una suicida en los vientos del pasado y del presente.

Tras horas o días o eones, me rindo. El comienzo puede estar en cualquier parte del pasado, incluso antes de su nacimiento o del mío. El comienzo puede estar en el presente, en el mentiroso que camina buscando un mesías y la cantante que se esconde y la amante que llora y el rey que planea y la sombra que se odia y el viajero que ama y tantos otros. El principio puede estar en un anciano que nada sabe y nada espera salvo la muerte. Puede que el principio esté en mi misma, viéndoles a todos desde las sombras de mi cueva, siempre la misma pero no siempre en el mismo lugar, y haciendo cábalas sobre cómo se desarrollará la cadena.

-Nada puedo deciros –musito en la oscuridad retirando mis ojos de la marea del tiempo- pues no hay principio sino ciclo. Cada uno intentará seguir su camino y dónde desemboquen todos, sólo el futuro lo sabe.

Dejo mi vista descansar, me permito un rato de absoluta ceguera, de negrura perfecta y eterna frente a mí. Descansar la vista, descansar para siempre. Seguir aletargada mientras el polvo se posa sobre mis ojos ciegos y el tiempo marchita mis músculos…

-Nada puedo responderos- repito en medio de la negrura: una falsa respuesta a una pregunta sin sentido.

El eco de mi voz juguetea por la caverna durante un tiempo. Finalmente, también él acaba por dejarme sola para volver a sumergirme en mis recuerdos.

Ah, cómo añoro los viejos tiempos, las antiguas eras, lo que ya ha pasado. Recuerdo cómo en una ocasión…

jueves, 6 de septiembre de 2007

Lluvia

Este pequeño relato ya lo he colgado por buena parte de la Red, así que no veo por qué no debía compartirlo con los pocos visitantes que pueda tener (sobre todo dado que la mayoría ya lo habrán leído). El relato fue escrito en 1º de bachiller, aproximadamente sobre febrero. Dado que era el año internacional de las familias y que estaba en un colegio católico (y todos sabemos como puede llegar a llenarse la boca hablando de familias) el relato era para un concurso con la Familia como tema. Espero que lo disfrutéis.


Lluvia

Fue duro para el sacerdote darme el pésame. Había asistido a la misa viendo cómo mi mundo se derrumbaba, siendo perfectamente consciente de qué marcaba aquel rito. No había llorado durante todo el oficio, pero ahora sentía la necesidad de desahogarme.

-Lo siento –musitó aquel anciano de cabello cano en un inútil intento de darme consuelo. –Debe haber sido un duro golpe.

Asentí levemente, luchando contra la necesidad de rendirme al llanto. Llevaba el brazo vendado, la única secuela de aquel incidente que me llenaba de tristeza. No podía evitar pensar en mi como culpable. ¿Por qué estaba yo de pie y en su misa mientras ellos yacían enterrados y en sus ataúdes, con los ojos cerrados para siempre? Tan solo una lágrima rodó por mi mejilla, una pequeña muestra del dolor que sentía.

-Gracias -respondía mecánicamente a quienes habían asistido a la misa sin siquiera reparar en sus identidades.

La iglesia estaba fría. Fuera sonaba el martilleo de la lluvia contra el suelo y los coches. Llevaba varios días lloviendo, como yo bien sabía. Tras despedirme de todos y sin tan solo fijarme en la mirada y las palabras que me dirigió la mujer que amo, comencé a caminar hacia el piso de mis padres que se hallaba a pocas manzanas. Fui por el camino más largo, incapaz de evitar los recodos donde anidaban mis recuerdos. Tal vez desease sufrir o quizás, en un vano intento de encontrarles, pasé por los lugares en donde tantas veces habíamos estado juntos. La lluvia caló pronto el fino abrigo y el pelo empapado se me pegaba a la cara. ¿Acaso me preocupaba? Admito que ni mi apariencia ni mi salud me importaban demasiado.

Había sido un instante, en un segundo todo se había derrumbado. Recuerdo a mi padre girándose ligeramente para mirar a mi hermanito; el grito de mi madre, el volantazo con el que él intentó evitar atropellar a algún animal como simple acto reflejo. Había comenzado a llover y el suelo estaba resbaladizo, el tiempo era el culpable de la desgracia.

Antes me había gustado la lluvia. Cuando estábamos de vacaciones en el pueblo y comenzaba a llover, mi padre y yo solíamos enfundarnos en botas y chubasqueros y pasear chapoteando entre charcos, escuchando los truenos. Tras horas riendo a la intemperie, volvíamos para que mi madre nos regañase con fingido enfado y, sonriendo, nos instase a secarnos antes de que pillásemos una pulmonía. Incluso cuando crecí y mi padre comenzó a llevarse a mi hermano, yo también les acompañaba. Jamás enfermé mientras estábamos en el pueblo, jamás la lluvia trajo a mi mente otra cosa que risas y alegrías. Ahora, el sonido del agua cayendo solo me recordaba más el accidente, la pérdida.

Seguía caminando lentamente hacia mi casa, pasando por aquel parque en cuyos bancos me había sentado tantas veces. Las tiendas donde había acompañado a mis padres estaban cerrando sus puertas y por las calles más céntricas de la ciudad se debía estar viendo un mar de paraguas que volvían a su casa tras un día más de trabajo. Yo sólo podía pensar en cómo ellos nunca más volverían a besarse cuando se encontraban a la vuelta.

Me sentía egoísta por estar pisando aquella tierra donde mi hermano no iba a volver a jugar... mi hermano pequeño, ¿qué había sido de él? Creo que se estrelló contra el cristal cuando, por culpa del volantazo nos chocamos contra un coche que venía en el otro sentido. De aquel vehículo solo supe que quienes lo ocupaban habían muerto. Quería saber por qué sobreviví; encontrar una razón para que yo solo tuviese una lesión en el brazo mientras que a ellos les había costado la vida.

Evitar el recuerdo de esos traumáticos acontecimientos resultaba difícil. A mi mente acudía la imagen de la impersonal habitación de hospital donde mi madre terminó de morir, fue la única que agonizó unas horas. En aquel momento aún no había dejado escapar una sola lágrima, como si estuviesen selladas tras mis ojos. En silencio y haciendo caso omiso del dolor de mi brazo, apretaba la mano de mi madre para darle apoyo e intentaba captar sus últimos susurros. Solo cuando ella cerró los ojos pude rendirme al llanto. Hicieron falta dos enfermeras para tumbarme en la camilla y darme un tranquilizante con el que casi me atraganté en medio de mi histeria. Y dormí durante horas, en un sueño sin sueños.

Pensando, crucé la calle hacia el bloque de pisos. En la entrada, unas figuras abrigadas me esperaban con la puerta abierta. Alcé la vista intentado distinguirles con escaso éxito entre el agua y las lágrimas. Una de aquellas personas salió hacia mi y me abrazó bajo la lluvia. Aquel aroma, aquellos cabellos... a pesar de tener la vista nublada, distinguía a mi querida Alba sin problemas. Me abrazó. Me estrechó contra ella intentando compartir mi dolor y darme apoyo.

-Cristina... –susurró, como si en mi nombre cupiesen todas las palabras de consuelo.

Seguí entregada al llanto y ella lloró conmigo bajo la lluvia, observadas por su familia que; incapaces de inmiscuirse en un momento tan íntimo, se mantenían callados y a distancia. Deseaba poder estrecharle y sonreír, poder olvidar en ese momento toda la tristeza y seguir adelante cogida de su mano. Correr con ella bajo la lluvia, besarnos tras el trabajo; cruzar nuestras miradas entre un mar de desconocidos y saber que, pasase lo que pasase, contaba con su apoyo. Quería poder olvidar la pérdida y centrarme en lo que me habían dado, en el ruido de las risas y el brillo de sus ojos. Algún tiempo después, el dolor se atenuó para dar paso a los recuerdos. Aún hoy, cuando pienso en mis padres, en su muerte y en los días que siguieron, los ojos se me llenan de lágrimas. Es entonces cuando Alba suele abrazarme, acariciar mi mejilla y mover los labios; repitiendo silenciosamente las palabras que desde aquel día se convirtieron en nuestro lema. Unas palabras que copié de mis padres, como sus ganas de vivir y su alegría. Palabras que mi madre me dedicó como una bendición, antes de extinguirse y de que su sonrisa se difuminase como el humo entre los recuerdos, sin desaparecer jamás del todo.

Abrazada a la mujer que amo, repetí el último aliento de mi madre, lo que logró susurrarme en la camilla del hospital. Lo murmuré para Alba, para todos mis familiares perdidos, para cada uno de sus familiares que nos observaban y que más tarde serían un apoyo y un consuelo.
-Te quiero.


Como os podéis imaginar, el relato fue censurado (eliminado del concurso antes siquiera de que lo viese el jurado, de hecho). Sin embargo, lo bien que me lo pasé imaginando las caras de los profesores cuando llegasen al final no tiene precio.